Back to Literature

Los doce días de Iván en Madrid

El jueves a las tres y doce de la tarde, Nora recibió ocho audios de su hermana en el vestuario de la planta menos uno del hospital. Al llegar al tercero dejó de escuchar y llamó directamente a su sobrino.

—¿Dónde estás?

—En Atocha.

—¿Tienes la cartera?

—Sí.

—¿Cuánta batería te queda?

—Veintisiete por ciento.

—Vale. Coge el metro y ven a mi casa. Yo contengo a tu madre hasta las diez de esta noche. A partir de las diez, te explicas tú solo.

Iván dijo que sí. En su voz no había llanto, solo esa calma demasiado correcta de quien tiene diecinueve años y acaba de meterse en un lío.

Nora se quitó el delantal plomado y subió a revisar las imágenes del último paciente. El anciano insistía en que no se había caído: «el suelo se levantó de repente». Nora anotó la frase al margen del parte para que el turno de noche comprobara si vivía solo. No le gustaba atribuir a la edad cualquier confusión. Tampoco le gustaba seguir llevando cara de hospital después de salir del trabajo.

Al dejar el Gregorio Marañón, se tomó una caña en el bar de la esquina con las aceitunas de cortesía. Solo entonces llamó a Esteban.

—Esta noche, a mi casa. Trae ese pantalón de pijama tan feo.

—¿No viene tu sobrino?

—Precisamente por eso.

—Es un asunto de tu familia.

—Duermes en mi casa cuatro días por semana. ¿No te parece un poco tarde para empezar a respetar la sangre?

Esteban se rio. Aquel día había reparado dos cámaras frigoríficas en Usera. El dueño de la tercera le había pedido que la apañara hasta después del fin de semana. Esteban se negó. El compresor llevaba demasiado tiempo recalentándose. Mantenerlo encendido no era ahorrar, sino aplazar la avería del viernes hasta la madrugada del sábado y añadirle un lote de bacalao estropeado. Pidió a su socio que hiciera de nuevo el presupuesto, pasó por el supermercado y compró una tortilla envasada, pan y seis latas de cerveza.

Iván llegó a Delicias con una mochila y la chaquetilla blanca del restaurante. Iba a hacer tres meses de prácticas en un local de Chamberí; la escuela de cocina le había conseguido la plaza. Al undécimo día dejó el delantal en el vestuario y huyó en el primer Cercanías.

—Tratan a la gente como basura —dijo.

Nora abrió la caja de plástico de la tortilla.

—¿A quién, exactamente?

—A todos.

—¿Y quién es, exactamente, todos? —preguntó Esteban.

Nora le dio una patada por debajo de la mesa, no muy fuerte. Esteban se calló y cortó para Iván el trozo más grande.

Aquella noche nadie intentó convencerlo. La cena se alargó de las diez a las once y media, como si la decisión pudiera posponerse mientras no se recogiera la mesa. El niño del piso de arriba empezó a practicar la flauta; la lavadora de al lado entró en el centrifugado. Iván contó por fin que el chef había insultado a un friegaplatos y había estampado un plato devuelto delante de un becario. Él lo grabó y mandó el audio al grupo de empleados para que, «por lo menos, nadie fingiera no haberlo oído». Nadie se lo agradeció. Al día siguiente, el encargado quiso hablar con él. Iván no se presentó.

—Tengo la grabación aquí —dijo, empujando el móvil hacia Esteban.

Esteban no lo tocó.

—Me creo que allí insultan a la gente. La pregunta es por qué no fuiste a hablar.

—¿Qué diferencia hay?

—Que ellos lo hagan mal no convierte automáticamente en correcto lo que hagas tú.

Nora frunció el ceño. No estaba en desacuerdo con la frase. Estaba en desacuerdo con que apareciese a medianoche. Preparó el cuarto para su sobrino y mandó a Esteban a ducharse. Después de apagar la luz, le dijo que había hablado como un manual de instrucciones que paga impuestos.

—Un manual también puede tener razón.

—Por eso molesta tanto.

Al día siguiente Nora entraba de mañana. Un residente nuevo confundió la derecha con la izquierda. Ella lo detectó antes de empezar la prueba y no lo regañó delante del paciente; en el pasillo, le ordenó volver a emitir la solicitud. El residente dijo que el sistema iba muy lento y preguntó si podían hacerla primero. Nora dijo que no. Él murmuró un insulto. Ella lo oyó y fingió que no. También tenía sus propias formas de pereza y no pensaba educar a todas las personas de veintiséis años.

A mediodía, su hermana Pilar anunció en el grupo familiar que Iván «necesitaba una lección seria». Nora respondió con un pulgar hacia arriba y escribió a su hermana en privado: «Puedes enfadarte, pero no convoques a las tías para montar un tribunal popular». Luego silenció el grupo durante ocho horas y salió con una compañera a comer un menú de trece euros. De postre escogió un arroz con leche que sabía que no estaría bueno, porque las otras dos opciones ya las había probado la semana anterior.

Esteban tampoco se ocupó de Iván. Hizo que lavara sus propias sábanas, comprara comida y contestara el correo del restaurante. Fuera de eso, salió a trabajar como siempre y, al terminar, fue a tomar algo con su hermano Óscar. Óscar preparaba las oposiciones a bombero. De tanto estudiar normativa, tenía la mirada rígida, pero seguía empeñado en jugar al fútbol sala todos los miércoles. Esteban lo escuchó quejarse durante cuarenta minutos y solo le dio un consejo: no estrenar zapatillas antes del examen. Óscar dijo que su hermano hablaba como un poeta cuando se trataba de sentimientos y como un mozo de almacén cuando se trataba de personas vivas.

—Lo has dicho al revés —respondió Esteban.

Iván se quedó doce días en Madrid.

El asunto no se convirtió en una catástrofe familiar. Al tercer día llamó al encargado del restaurante. Al quinto volvió a recoger sus cosas y devolvió también la chaquetilla sin lavar. Al séptimo admitió que no quería dedicarse a la alta cocina, al menos no si tenía que pasar catorce horas al día dibujando arcos con una cucharadita de salsa. Seguía gustándole cocinar, pero prefería las cocinas de colegio: las que preparaban doscientas raciones de una vez y nadie fotografiaba. Cuando Pilar se enteró, dijo que aquello era no tener ambición. Nora respondió que doscientas personas también tenían que comer. Las hermanas se insultaron un poco por teléfono y al día siguiente reservaron juntas una cita de oftalmología para su madre.

Durante aquellos doce días, Esteban no dejó de dormir en casa de Nora. No porque Iván lo necesitara. De hecho, Iván prefería hablar con el camarero ecuatoriano del bar de abajo. Esteban se quedaba porque, cuando Nora salía a las siete, él se acordaba de despertar al chico; cuando él regresaba de madrugada, Nora le había guardado un plato de lentejas sin cebolla. Los tres establecieron un orden para usar el baño sin necesidad de anunciarlo. Una balda de la nevera se rompió y Esteban no la arregló porque la nevera pertenecía al casero.

Nora aguantó cuatro días, llamó ella misma al propietario y después se burló de que la ética profesional de Esteban solo funcionaba cuando cobraba.

Se coordinaban demasiado bien. Tanto que un día Iván, con un formulario de formación profesional en la mano, preguntó:

—¿Como contacto de emergencia os pongo a los dos o solo a Nora?

—A tu tía, claro —dijo Esteban.

—¿Y por qué no puede poner a los dos? —preguntó Nora.

Iván los miró y tuvo el buen juicio de volver a su cuarto.

El domingo, los tres fueron a comer a casa de la tía abuela Paloma, en Getafe. Habían quedado a las dos y media y el guiso llegó a la mesa a las cuatro. Esteban ayudó a llevar una mesa plegable al salón. No se empeñó en cortar el jamón ni terminó las frases de la anciana cuando ella repetía una historia. Nora lo observó discutir con varios primos sobre cuál era la línea de Cercanías menos fiable del sur de Madrid y sintió de pronto una satisfacción casi vanidosa: entre su familia no llamaba la atención, pero ni durante un segundo parecía sobrar.

En el tren de vuelta, Iván dormía con los auriculares puestos.

—Cuando se vaya, múdate conmigo —dijo Nora.

Lo dijo como si preguntara si había que poner más sal a la cena. Al principio, Esteban creyó haber oído mal.

—No mañana —añadió ella—. Y tampoco tienes que traer de golpe toda esa chatarra tuya. Primero un mes. Ya llevamos doce días de prueba gratis.

Esteban miró por la ventana una hilera de naves industriales. No pareció halagado y eso irritó un poco a Nora. Ella ya había vaciado en la cabeza el armario de la derecha del despacho; incluso había calculado cuánto ahorrarían al compartir la tarifa de internet. No le daba vergüenza contar el dinero. Si el amor nunca entra en las cuentas, solo significa que siempre hay alguien pagándolas.

—Déjame pensarlo dos días —dijo él.

Nora asintió. No insistió. Sin embargo, al llegar a casa metió adrede todos los calcetines de Esteban en su mochila, incluido el pantalón de pijama feo. Él se dio cuenta y no dijo nada. Al día siguiente le mandó desde Usera una foto de un presupuesto. Preguntaba si el dueño, al cambiar «reparación urgente» por «ayuda entre amigos», se estaría preparando para no pagar.

Nora respondió: «Sí. Añade un quince por ciento».

El enfado le duró hasta el martes por la noche. Después del trabajo no volvió a casa. Quedó con su amiga Alicia en Antón Martín y pidió un bitter. Cuando terminó de contarle la historia, Alicia preguntó:

—¿Y Óscar?

—Óscar tiene treinta y cuatro años. No es un labrador.

—Pero viven juntos. ¿Esteban no prometió quedarse con él hasta que terminara las oposiciones?

Nora hizo girar medio círculo el hielo del fondo del vaso. Conocía aquella promesa. Nunca la había incluido en sus planes. En ese momento, lo que más le disgustó no fue que Esteban dudara, sino que otra organización familiar no se hubiera apartado automáticamente para dejarle sitio. Conservó esa incomodidad con su verdadero nombre. No la rebautizó como intuición.

El miércoles, Esteban fue a buscar la chaqueta de trabajo.

—¿En qué mes son las oposiciones a bombero? —preguntó Nora.

—En junio. No es por el alquiler. Él puede pagarlo solo.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque se lo prometí cuando se divorció el año pasado. Ahora está mucho mejor, pero no puedo fingir que no dije aquello solo porque ya no esté destrozado.

Nora lo miró apoyada en el marco de la puerta. Había preparado varias frases sobre cómo los adultos no debían atarse unos a otros. De pronto le parecieron demasiado fáciles. Y demasiado correctas.

—¿Por qué no me lo habías contado?

—Porque antes de que me pidieras que me mudara no era un problema. Era solo mi vida.

La frase volvió a irritarla, aunque de una manera distinta a la del manual de instrucciones. Comprendió de golpe que no había invitado a un hombre capaz de hacer funcionar su casa, sino a un hombre que ya había dado su palabra en otro sitio.

—Entonces, en julio —dijo—. Pero en mayo tienes que dejar un cajón. Necesito ver avances.

—Pueden ser dos.

—No exageres.

Iván regresó a Puertollano el viernes. Llamó a su madre desde el andén sin pedir a Nora que hablara por él. Seguía sin saber en qué empresa de colectividades solicitaría las prácticas del curso siguiente y tampoco prometió que no volvería a escaparse. Antes de que saliera el tren, escribió a Esteban para preguntar si aún podía poner a dos personas como contactos de emergencia.

Esteban enseñó el móvil a Nora.

—Contesta tú.

Nora escribió «Sí», lo borró y puso: «De momento, escribe a tu tía. El segundo contacto se someterá a revisión después de mayo».

Esteban leyó el mensaje, se rio y añadió el nombre de Nora a la comida familiar de la semana siguiente.

Fue la primera vez que Nora visitó el piso que Esteban compartía con Óscar en Carabanchel. Óscar preparó un arroz caldoso increíblemente salado y después insistió en ver la repetición de una carrera de Fórmula 1 cuyo resultado ya conocían. A Nora no le interesaban los coches. A los veinte minutos se aburrió, salió al balcón y contestó mensajes de turnos de una compañera. Esteban no fue detrás para consolarla ni le preguntó si se aburría. En su propia casa era mucho más perezoso que en la de ella: había dejado los platos en el fregadero, tres puertas de armario seguían abiertas y discutía tumbado en el sofá con su hermano sobre un portero ya retirado.

Cuando Nora volvió al salón, Esteban ocupaba su sitio.

—Muévete hacia allá.

—El otro sofá está completamente vacío.

—Ya lo veo.

Esteban tuvo que recoger las piernas. Nora se apretó entre los dos hermanos y cogió las últimas pipas de la mesa. Óscar protestó: una invitada no podía acabarse la comida. Mientras pelaba una pipa, Nora le informó de que, a partir de julio, sería mejor que otra persona hiciera el arroz de los domingos. Óscar preguntó por qué. Esteban siguió mirando el televisor y fingió no haberlo oído.