Segovia
Madrid se retira deprisa. En cuanto se acaban los edificios, Castilla deja el suelo al descubierto: gris amarillento, vacío, con el viento ejerciendo su propio derecho de paso. A lo lejos, los pueblos se apiñan, no para quedar bien, sino para tender menos tuberías y caminar menos en las noches de invierno.
Después de vivir muchos años en España, uno deja de llamar exotismo a esta amplitud. Tiene precio del suelo, estación seca y dormitorios que quedaron vacíos cuando los jóvenes se marcharon; también tiene domingos en que toda la familia regresa de golpe y los coches llenan las calles. La meseta no está sola. Simplemente se niega a actuar a todas horas.
El acueducto de Segovia, en cambio, está obligado a actuar. Se alza a la entrada de la ciudad, en una ubicación tan buena que parece elegida tras dos mil años de reuniones de marketing urbano. Bajo sus arcos hay mucha gente con el móvil en alto; los encuadres esquivan con paciencia los contenedores, el rótulo de la farmacia y la furgoneta de reparto. La primera regla de la fotografía arquitectónica debe de ser que la civilización no descarga mercancía.
A todo el mundo le gusta decir que entre los sillares no hay argamasa. Sin argamasa, como si los romanos hubieran convencido a las piedras de juntarse solo con la voluntad. Pero las piedras pesan. Extraerlas, cortarlas, transportarlas, izarlas: ninguna de esas tareas tiene nada de filosófico. El emperador dejó su nombre; algún ingeniero, de vez en cuando, también. Los obreros dejaron el peso. La posteridad lo llama milagro, casi siempre porque se ha perdido el contrato de trabajo.
Las proporciones del puente sí son realmente buenas. Tan buenas que no resultan afectuosas. No invitan al elogio; cada arco se limita a entregar su carga al siguiente, como si lo correcto pudiera sostenerse por sí solo. Las ciudades modernas también abundan en cálculos correctos, aunque sus garantías sean más breves.
Un grupo de escolares pasa bajo los arcos. La maestra, con una carpeta de colores en alto, cuenta una y otra vez. Los niños no miran el puente. Viven cerca y, por tanto, la grandeza no les corre tanta prisa. Uno arrastra la mochila y pregunta a qué hora se come; otro ya ha empezado a recitar el menú del día. La maestra llega a veintisiete por tercera vez y sigue sin quedarse tranquila.
Al subir hacia el casco antiguo, las tiendas de recuerdos empiezan a vender cuchillos, insignias, platos de cerámica y delantales con un castillo estampado. Junto a un escaparate, una anciana con un carro de la compra se detiene a recobrar el aliento en la cuesta. Los turistas esperan que les deje paso; ella espera que los turistas aprendan primero a caminar. Ambos bandos creen tener prioridad sobre la ciudad. La anciana probablemente tenga más pruebas.
Las calles no son antiguas de una pieza. Los timbres son nuevos, los marcos de las ventanas son nuevos, y un banco ha empotrado un cajero automático en una pared vieja, ocupando el hueco de lo que antes fue una puerta estrecha. El escudo sigue arriba; abajo, la gente hace cola para sacar dinero. Nadie cree que una cosa tenga que dar explicaciones a la otra. Cuando un muro vive tanto tiempo, no le queda más remedio que tolerar las reformas de sus descendientes.
Las terrazas ya han llenado la Plaza Mayor. Un camarero recibe a una mesa en inglés, se vuelve para maldecir la cafetera en español y cruza dos frases en rumano con una compañera. Los clientes miran la catedral; ellos miran qué mesa aún no ha pagado. Esas lenguas no aparecen en la ciudad que imprime la oficina de turismo. En el cuadrante de turnos, sí.
La catedral de Segovia se construyó tarde. Cuando algunos lugares de Europa ya volvían a invitar al clasicismo al salón, Castilla seguía dispuesta a mandar la piedra hacia arriba. Lo que se llama retraso estilístico a veces no es más que un lugar que no tiene prisa por hacerse amigo del siglo más reciente. Sus agujas no son ligeras: la piedra parda y amarillenta da peso incluso al ascenso. Hermosa, sin afán de agradar.
Me siento un rato cerca de una puerta lateral. Dos operarios entran cargando una escalera, con gestos expertos y sin levantar la vista. El de delante tantea primero el suelo; el de atrás gira la escalera para no rozar a una mujer que reza. Los turistas miran todos hacia arriba. Ellos no pueden permitírselo.
El fresco del interior no tiene misterio. Muros gruesos, pocas ventanas, la inercia térmica de la piedra: todo puede explicarse. Conozco las razones y, aun así, después de un rato me pongo la chaqueta. Varias filas de bancos están vacías. El dispositivo electrónico para encender velas con una moneda muestra sus pequeñas luces rojas. Los santos también funcionan ya a baja tensión.
Al salir de la catedral, alguien empuja un cochecito y alguien pasea un perro demasiado gordo. Un hombre de traje dice por teléfono que el documento saldrá hoy, sin falta. Su «sin falta» es muy elástico; se nota que lleva años usándolo. Suenan las campanas. Él sigue explicando por qué el archivo adjunto aún no está listo.
El camino al Alcázar eleva al visitante poco a poco. De lejos, su silueta entiende muy bien los cuentos de hadas; dentro hubo realeza, guardias, encierros y armas. Las postales llegaron después. A los niños les gustan los tejados cónicos; a los adultos, decir que sirvió de modelo para algún castillo animado. El guía no discute. Se limita a conducir al grupo a la sala siguiente. Desde que la industria del entretenimiento absorbió el poder real, explicarlo resulta más fácil.
Lo mejor del castillo no es el trono. El trono sabe demasiado bien que ha de ser contemplado. Más allá de las ventanas, dos valles fluviales levantan la ciudad. Las murallas obtienen su autoridad siguiendo el terreno: en buena medida, se aprovechan de la topografía. Desde aquí se veía venir a los ejércitos antes que desde abajo. La pobreza, en cambio, se veía más tarde.
La llanura, sin embargo, sí sabe extenderse. Pueblos, campos y carreteras: colores contenidos, líneas claras. Cuando hace buen tiempo, las montañas lejanas completan el borde. Aquí no existe la luz abundante del sur; hasta el sol trabaja por sustracción. La belleza de Castilla no tiene la obligación de consolar. Solo quita lo que sobra. Cuando quita demasiado, la gente se va a Madrid a buscar trabajo.
El almuerzo no necesita una opinión. Entro en un restaurante algo apartado de la calle principal. El menú del día ofrece lentejas, bacalao al horno y flan. En la mesa de al lado, dos electricistas con ropa de trabajo discuten si merece la pena comprar un coche de segunda mano. El televisor junto a la barra emite las noticias regionales sin sonido. La dueña pregunta si quiero pan y lo deja antes de que conteste. Luego añade un euro a la cuenta. Justo es justo.
Los turistas, por supuesto, comen cochinillo. El cochinillo no tiene culpa; solo demasiada fama. Los restaurantes de la calle principal llevan años representando el rito de cortarlo con un plato: la loza cae al suelo, los clientes aplauden. Lo vi una vez y, cuando comí después, la piel me siguió pareciendo crujiente. Si el pensamiento pretende gobernar también el almuerzo, se está excediendo en sus funciones.
Después de comer, las calles se quedan tranquilas durante un rato. Las ciudades pequeñas de España aún conservan estos cuartos vacíos en el tiempo: tiendas a medio cerrar, cocinas terminando el servicio, los visitantes de la mañana todavía sin irse y los de la tarde aún por llegar. Un repartidor come un yogur dentro de su furgoneta; el asiento del copiloto está lleno de cajas. Mira al frente sin sentir nada parecido a estar en una ciudad histórica. Le quedan doce minutos de descanso.
Bajo por una calle estrecha. En una pared hay un cartel de piso en venta. No se ve a nadie dentro; las flores de plástico del alféizar cumplen con su deber. Cuanto más se celebra una ciudad antigua, más difícil puede resultar vivir en ella: escaleras demasiado empinadas, aparcamiento demasiado lejos, tres organismos a los que consultar antes de reparar una ventana. Conservar la historia consiste, en la práctica, en permitir que el pasado siga gastando el presupuesto del presente. Hay que conservarla. También hay que permitir que quienes viven dentro se quejen.
La zona del acueducto vuelve a animarse. Una pareja de recién casados posa para las fotos y el fotógrafo pide a los peatones que se aparten. Los zapatos del novio relucen; la novia, con los hombros rojos de frío, sigue sonriendo según las instrucciones. Cuando termina, el fotógrafo le dice que se ponga el abrigo. El novio está mirando las fotos y no lo oye. Ella misma lo recoge del banco.
La estación de regreso queda fuera de la ciudad: ancha, limpia, con el viento del aparcamiento chocando de frente contra las puertas de cristal. El café de la máquina cuesta un euro con cincuenta. La mujer de al lado da un sorbo, frunce el ceño y se lo termina entero. La pantalla anuncia once minutos de retraso. Ella mira la hora y se acerca a la ventanilla para preguntar si son once minutos.
El empleado le dice que la pantalla marca once minutos.
—Ya lo sé —dice ella—. Venía a confirmarlo.