Teresa quiere ser jefa
Teresa quería ser jefa y ninguno de sus motivos era noble.
El despacho tenía aire acondicionado y una ventana orientada al este. El puesto pagaba 6.800 euros más al año. Además, los jefes ya no estaban obligados a llevar el forro polar gris del almacén. Bastaba lavarlo dos veces para que se llenara de bolitas. En el pecho llevaba estampado el pez naranja de la empresa y, al ponérselo, cualquier persona, supiera leer o no, parecía recién adoptada por una institución de gran tamaño.
Teresa llevaba once años en el centro de distribución frigorífica de Torrejón. Había empezado con los albaranes de entrada y ahora coordinaba el turno de noche. Sabía qué supermercados culparían al conductor de sus propios errores de pedido; sabía que, cuando Rafa llegaba tarde, compraba siempre dos cafés y entregaba el segundo a la persona con más posibilidades de corregirle el fichaje. También sabía que en agosto no se podía aprobar a la vez las vacaciones de Mariam y Sergio, porque una gestionaba las devoluciones y el otro era el único capaz de entender la versión antigua del programa de inventario. Ya hacía la mitad del trabajo de una jefa. Solo le faltaban la otra mitad del sueldo y la llave de la puerta que decía «Solo personal de dirección».
Cuando empezó a correr la noticia de que Pascual, el jefe actual, iba a jubilarse, todos dijeron que ya era hora. Pascual fue el último en enterarse. Oyó a los demás hablar de quién lo sustituiría en el comedor, se quedó de pie medio minuto con un plato de garbanzos guisados y preguntó:
—¿Cuándo he dicho yo que me marchaba?
Recursos Humanos envió un aviso aquella tarde confirmando que sí lo había dicho. Lo que pasaba era que se le había olvidado.
Teresa presentó la solicitud esa misma noche. No se lo contó a sus compañeros. Primero llamó a su hija.
Irene tenía diecinueve años, estudiaba Enfermería en Salamanca y respondió a la videollamada tumbada en la cama de la residencia, comiendo patatas fritas.
—Qué bien.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que haga? ¿Que cante?
—Podrías mostrar un poco de interés por mi desarrollo profesional.
—Mamá, la última vez dijiste que no necesitabas la aprobación de nadie.
—No la necesito. El interés y la aprobación son cosas distintas.
Irene se metió una patata en la boca y preguntó si, después del ascenso, dejaría de revisar los movimientos de su cuenta. Teresa dijo que no. Madre e hija negociaron hasta que el teléfono se calentó. Al final acordaron que Irene seguiría dando explicaciones por cada gasto individual superior a cien euros, salvo si era para teñirse el pelo.
La segunda persona a quien se lo contó fue su novio, Marcos.
Marcos enseñaba dibujo técnico en un centro de educación para adultos de Alcalá y tenía clase las tardes de los lunes y los miércoles. Llevaban tres años juntos, no vivían juntos y ninguno de los dos se sentía inseguro por ello. El piso de Teresa quedaba cerca de la estación que usaba su hija; en el bajo del edificio de Marcos vivía su madre. Una vez calcularon cuánto ahorrarían compartiendo casa. Llegaron a la plaza de garaje, el IBI y cuál de las dos lavadoras debían vender. Entonces perdieron el interés y decidieron esperar a que una se estropeara primero.
Marcos fue a casa de Teresa después de clase. Nada más entrar vio los requisitos de la convocatoria interna extendidos sobre la mesa del comedor. Teresa le pidió que no dijera nada hasta escuchar entera su presentación para la entrevista.
Duró diecinueve minutos.
—¿Cuánto tiempo te dan? —preguntó Marcos.
—Diez minutos.
—Entonces, ¿qué nueve minutos vas a quitar?
—Te he pedido que escucharas, no que crearas problemas.
—El tiempo lo han creado ellos.
Teresa le lanzó el bolígrafo y falló. Marcos lo recogió del suelo y volvió a dejarlo sobre la mesa. No le corrigió el texto. En la segunda lectura se limitó a anotar tres cifras que se contradecían. A la tercera, Teresa había bajado a doce minutos. Marcos dijo que bastaba, que los dos minutos restantes podía robárselos hablando más deprisa. A Teresa le pareció un consejo pésimo. Al día siguiente lo siguió de todos modos.
Había otros dos candidatos. Rafa era la persona más querida del almacén y había vendido rifas escolares para los hijos de todo el mundo. A las cuatro de la madrugada conseguía que tres conductores se ofrecieran a cambiar de ruta, pero también era capaz de olvidar durante seis semanas seguidas el parte de mantenimiento de las carretillas elevadoras. El otro era Javier, enviado desde la central, con los puños de la camisa siempre limpios. Llamaba «equipo» a todo el mundo; hasta cuando insultaba usaba el plural.
Teresa temía más a Javier. A quien más quería ganar era a Rafa.
Querer ganarle a Rafa no era del todo justo. Habían compartido siete años de turnos de noche. La semana en que murió el padre de Teresa, Rafa hizo por ella el inventario de fin de mes. Cuando Rafa se divorció y lloró en la sala de descanso, fue Teresa quien se sentó a su lado y lo escuchó demostrar durante dos horas que su exmujer no tenía derecho a llamarlo desordenado. La amistad no borraba la competencia. Solo conseguía que Teresa esperase que, al perder, él lo entendiera de inmediato y, a ser posible, se alegrara sinceramente por ella.
Alia se rio tanto al oírlo que casi escupió el yogur sobre el teclado.
—Ya puestos, pide que la empresa te regale un caballo.
Alia llevaba las facturas de proveedores y era la persona más cercana a Teresa en el centro. La apoyaba, pero se negó a participar en los simulacros de entrevista: en cuanto veía a Teresa fingir modestia, le entraban ganas de desenmascararla.
Durante las tres semanas posteriores a la solicitud, Teresa no trabajó más. Siguió endosando el inventario más difícil de los domingos al becario. Siguió mirando el móvil a escondidas cuando Pascual contaba sus historias del almacén de cuando era joven. Lo único que hizo fue procurar que su diligencia resultara más visible. Ella preparó el informe de puntualidad de los repartos y dejó de copiar únicamente a Pascual en los correos: añadió también al director regional. Una noche, cuando terminaron la planificación antes de tiempo, no escribió, como siempre, que había sido «un esfuerzo de todos». Detalló quién había resuelto cada problema. Puso su propio nombre en segundo lugar.
—Te has puesto segunda porque te daba vergüenza ponerte primera —dijo Marcos después de leer el correo.
—El primero es el conductor. Si él no conduce, lo único que podemos lograr en el almacén es una victoria moral.
—Entonces sí tienes algo de noble.
—No difundas rumores.
Teresa sabía que al principio Marcos había idealizado demasiado el ascenso. Creía que ella quería actualizar el sistema de turnos, reducir el desperdicio y proteger al personal de noche. Teresa quería hacer todo eso, pero ninguno era el primer motivo. El primer motivo era ser quien pusiera la última firma. Quería que Javier llamara antes de entrar en su despacho. Quería que el director regional recordase su apellido. Quería poder decirle un día a su hija: esos ciento veinte euros que te has gastado son nueve horas netas de mi sueldo después del ascenso, no doce.
Se lo contó todo.
Marcos guardó silencio un momento. Teresa pensó que se habría decepcionado. Él poseía una honradez incómoda: toleraba el mal genio de los demás, pero no soportaba que barnizaran sus deseos.
—Ya lo entiendo —dijo.
—¿Y luego?
—No hay luego. Quieres poder y no piensas usarlo para matar a nadie.
—De momento, no.
—Entonces está bien.
La respuesta no fue tan conmovedora como Teresa esperaba. Incluso sospechó que Marcos tenía hambre. Bajaron a comer pollo asado y él pasó más de media cena quejándose de que el nuevo programa de dibujo de la escuela no aplicaba el precio para licencias educativas. A la tercera explicación, Teresa le dijo que ya había entendido que el capitalismo había vuelto a delinquir y le preguntó si podían cambiar de tema. Marcos quiso saber de qué color se había teñido Irene.
La entrevista cayó el segundo martes de junio. Teresa entraba después de Javier y antes de Rafa. Habló durante nueve minutos y cuarenta segundos sin contradecir una sola cifra. El director regional preguntó qué haría si el empleado más popular se saltaba siempre los procedimientos. Teresa sabía que no era una pregunta abstracta.
—Primero haría que el procedimiento mereciera la pena —respondió—. Después, haría que lo cumpliera.
Al salir, Rafa esperaba sentado en una silla de plástico del pasillo. Le preguntó si había sido difícil. Teresa dijo que no. Se detuvo dos segundos y luego le repitió, palabra por palabra, tres de las preguntas.
Al volver al almacén, Alia la acusó de haber sufrido un ataque de santidad. Teresa dijo que de repente no quería ganar escondiendo las preguntas. No añadió lo demás: si a Rafa le bastaba con conocerlas de antemano para vencerla, entonces ella tampoco merecía aquel despacho.
El resultado tardó diecisiete días. Mientras tanto, la madre de Marcos se fracturó la muñeca, Irene suspendió dos exámenes y un lote de mejillones congelados pasó cuatro horas en la zona de descarga por un error de etiquetado. Teresa llevó una vez sopa al hospital para la madre de Marcos, transfirió a su hija el dinero de las recuperaciones y redactó once páginas de informe sobre los mejillones. Hubo días enteros en que no pensó en el ascenso. Por la noche, en cambio, de pronto estaba segura de que Javier ya había recibido un aviso interno y que todos se lo ocultaban.
El correo de Recursos Humanos llegó por fin un viernes a las 17:47. Teresa estaba en el supermercado comparando el precio por litro de dos detergentes. Leyó el mensaje, devolvió al estante la botella más barata y compró la marca que costaba un euro con cuarenta más.
Primero llamó a Alia. Después de gritar, Alia anunció de inmediato en el grupo del trabajo que aquella noche saldrían a beber a San Fernando. Teresa envió a Irene una captura con la subida salarial. Su hija respondió que, en ese caso, su límite también debería actualizarse con la inflación.
Teresa no recordó que aún no se lo había dicho a Marcos hasta que estuvo sentada en el bar.
—Me lo han dado —dijo cuando él respondió.
—Ya lo sé.
—¿Quién te lo ha contado?
—Nadie. Hace cuarenta minutos has escrito «celebración con los del almacén» en el calendario compartido y has borrado nuestra cena de mañana.
Teresa miró el calendario. Era verdad.
—¿Estás enfadado?
—No. Acabo de aceptar una sustitución para mañana.
—Has tardado poco en aceptar.
—¿Tenía que quedarme libre en casa para demostrar que eres la persona más importante de mi vida?
Teresa lo oyó sonreír y, aun así, dijo adrede:
—Demostrarlo de vez en cuando tampoco te mataría.
—Mañana puedes demostrarlo. Hoy deja que crean que perteneces al almacén.
Alguien la llamó para una foto de grupo. Teresa colgó sin decir nada más. Rafa también había ido. Al terminar su segunda copa, le confesó que supo que perdería en cuanto salió de la entrevista: el director regional le había preguntado por los partes de mantenimiento de las carretillas y él contestó que eso era trabajo de Administración.
—Lo es —dijo Teresa.
—Cuando seas jefa dejará de parecértelo.
—Ahora tampoco me lo parece. Lo que haré será obligarte a entregarlos.
Rafa la insultó y chocó el vaso con el suyo. No estaba sinceramente contento, pero tampoco se marchó. Teresa descubrió que aquello ya era bastante más razonable que lo que había pedido.
Su primera decisión en el cargo no fue reformar los turnos, sino exigir que cambiaran la silla del despacho. El lado derecho del asiento estaba hundido por los quince años que Pascual llevaba sentándose allí; todos creían que el suelo estaba torcido. Su segunda decisión fue negar a Alia la última semana de agosto porque Sergio ya la tenía concedida. Durante dos días enteros, Alia solo se dirigió a ella mediante correos formales.
Al tercer día, Marcos fue a buscarla al centro a la hora de comer. Ya estaba de vacaciones. Llevaba una camisa descolorida de tantos lavados y había firmado tres veces en el lugar equivocado del registro de entrada. Desde la ventana del despacho, Teresa lo vio discutir con el guardia de seguridad sobre en qué lado había que prenderse la acreditación de visitante. De pronto le pareció ridículo.
Cuando bajó, Marcos estaba delante de la máquina expendedora, recogiendo para un conductor una moneda que se había metido debajo. El conductor no lo conocía. Recuperó el dinero y se marchó sin darle las gracias. A Marcos no le importó. Se volvió hacia Teresa.
—¿Te han cambiado la silla?
—¿Esa es tu primera pregunta sobre mi nuevo cargo?
—No. Primero iba a preguntar por qué hace tanto frío aquí.
Teresa le enseñó el almacén. Rafa saludó desde lejos, Alia hizo un gesto de degüello al otro lado de un cristal y Javier ya había regresado a la central. Cada persona se dirigió a ella según la Teresa que conocía: unos la llamaron jefa, otros tirana, alguien le recordó que aún debía cinco euros de un almuerzo.
Marcos no dijo que estuviera orgulloso de ella ni intentó resumir lo que significaba todo aquello. Se limitó a seguirla por dos muelles de carga. Junto a la puerta de la cámara frigorífica, el cambio de temperatura le provocó un estornudo.
Teresa le lanzó su forro polar gris.
—¿No habías dicho que los jefes no tenían que llevar esto?
—Aún no me ha dado tiempo a tirarlo.
Al ponérselo Marcos, el pez naranja del pecho quedó torcido, casi debajo de la axila. Teresa se rio tanto que tuvo que agacharse junto a un palé. Rafa pasó por allí y preguntó qué tenía tanta gracia. Ella dijo que nada: acababa de descubrir que el uniforme de la empresa no hacía distinciones.
Después del trabajo no salieron a celebrarlo. Marcos tenía que dar la última clase de la sustitución y Teresa debía quedarse revisando las rutas del fin de semana. Se separaron en el aparcamiento. Ella ya había dado unos pasos cuando recordó la cena.
—¿Lo del domingo sigue en pie? —preguntó.
—Si está en el calendario, sigue en pie.
Teresa abrió el móvil para comprobarlo. El domingo a las dos decía: «Casa de mi madre. Llevar postre». Marcos había creado la cita. Los invitados eran ella, Irene y dos estudiantes a quienes no conocía.
—¿Por qué vienen estudiantes?
—No tienen familia en Madrid. Si no quieres venir, no vengas.
Teresa miró un momento aquellos dos nombres desconocidos y pulsó «Aceptar». Después escribió a Irene: «Compra tú el postre. No gastes más de cien euros».
Su hija respondió: «Desde que eres jefa sigues siendo igual de tacaña».