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Veintinueve votos

A las siete de la tarde acudieron representantes de veintinueve de las treinta y una viviendas del edificio antiguo.

Del matrimonio recién casado del sexto vino el marido; ella estaba de guardia en el hospital. La tía Yang, del segundo, ocupó también un asiento en nombre de la familia de su hijo, aunque los estatutos solo le permitían emitir un voto. El padre de los gemelos del cuarto llevó a los dos niños. Jugaban a las cartas debajo de la mesa de reuniones y quien perdía tenía que ladrar. A las siete y veinte ya habían ladrado tres veces.

Lin Rui se plantó delante de la pizarra y escribió el saldo de la cuenta de la cooperativa.

Faltaban 186.000.

Sidenote: Veintinueve de treinta y una viviendas.

De inmediato, unos culparon al propietario por subir el precio del edificio en el último momento, otros al banco por tardar en conceder el crédito y otros a las dos familias que no habían venido. La tía Yang culpó a todo el mundo, sobre todo a quien había puesto demasiado bajo el aire acondicionado.

Zhou Wei estaba sentado en la última fila, inclinado sobre el móvil. Era solo un inquilino temporal y no tenía derecho a voto. Incluso la silla la había bajado él mismo de arriba: el respaldo sobresalía de los demás y le daba aspecto de alumno nuevo que se hubiera equivocado y entrado en una reunión de padres.

Lin Rui pidió silencio.

No alzó mucho la voz. Las dos primeras filas se callaron poco a poco. Al fondo siguieron hablando. Zhou Wei levantó la cabeza y dio dos golpes en la tubería de la calefacción. Lo oyó toda la sala.

—Os ha pedido que os calléis —dijo.

Lin Rui lo miró. Zhou Wei apartó la mano de la tubería.

Durante los cuatro meses anteriores habían colaborado así muchas veces. Lin Rui se ocupaba de que las cosas avanzaran. Zhou Wei se ocupaba de que los demás entendieran que las cosas estaban avanzando. A veces invertían el orden. Las consecuencias solían salir más caras.

El grupo de finanzas pegó tres propuestas en la pared. La primera era aportar otros 6.000 por vivienda. La segunda, renunciar a la cocina comunitaria de la planta baja y volver a dividir aquella superficie para alquilarla. La tercera, aceptar las nuevas condiciones del propietario y que tres familias ofrecieran garantías personales.

Nadie quería la tercera. No habían terminado de leer la primera cuando alguien dijo que no podía sacar más dinero de casa. Llevaban medio año discutiendo por una cocina que aún no existía: unos querían horno, otros se negaban a tolerar humos y otros sostenían que, si se llamaba comunitaria, no debía cerrarse con llave. Ahora que iban a perderla de verdad, a ninguno le apetecía renunciar.

Lin Rui no intentó persuadirlos. Pidió que cada familia escribiera en un papel cuánto podía añadir, sin firmar.

Zhou Wei se levantó para repartir las hojas. Al pasar junto a Lin Rui, ella le apretó muy ligeramente la muñeca.

—No hagas nada más.

—Estoy repartiendo papel.

—Te conozco.

—No parece un elogio.

—Porque no lo es.

Terminó de repartir y regresó a la última fila.

A las ocho y cuarto recogieron los papeles. Sumaban solo 110.000. Aún faltaban 76.000. Un joven se levantó y dijo que la cocina comunitaria le daba exactamente igual; lo único que quería saber era si recuperarían el dinero ya entregado en caso de no reunir el resto aquella noche. La tía Yang respondió que preguntar por devoluciones en un momento así no era propio de una familia. El joven preguntó quién era familia de quién. Debajo de la mesa volvió a oírse un ladrido y el padre mandó a los niños al pasillo.

Lin Rui dio un sorbo a la leche de soja, ya fría. No había comido desde la tarde. Zhou Wei lo sabía, pero no lo dijo delante de todos. Fue a la puerta, recogió dos bolsas de bollos al vapor que había encargado y los repartió mesa por mesa. Alguien preguntó si había alguno vegetariano. Zhou Wei dijo que no lo sabía; si se equivocaba al morder, podía considerarlo un sacrificio por la cooperativa.

Lin Rui no cogió ninguno.

Él puso uno en un plato de papel y lo dejó a su lado.

—No tengo hambre.

—Cuando tienes hambre, primero dices que no y después empiezas a leer mal las cifras.

—No he leído mal nada.

—Acabas de decir 67.000 en vez de 76.000.

La chica del grupo de finanzas dijo en voz baja:

—Sí, lo ha dicho al revés.

Lin Rui cogió el bollo, le dio un mordisco y dejó de discutir.

A las ocho y cuarenta y dos, el saldo proyectado en la pared cambió de repente.

La chica actualizó la pantalla una vez y luego otra.

—Han entrado 80.000.

La sala se quedó en silencio. En el campo del ordenante aparecía el nombre de Zhou Wei.

Lin Rui aún estaba masticando. Tragó y preguntó:

—¿Quién te ha dicho que hicieras la transferencia?

—Nadie.

—Devuélvela.

—Pagad primero la señal. Me lo devolvéis el mes que viene.

La tía Yang fue la primera en aplaudir. Los demás no acababan de entender qué había pasado, pero dieron también unas palmadas. Zhou Wei sonrió y bajó las manos para calmarlos, como si aquellos 80.000 fueran unas monedas que casualmente llevaba de más.

Lin Rui se volvió hacia el grupo de finanzas.

—Devolvedlo ahora.

Los aplausos se detuvieron.

Zhou Wei se levantó de la última fila.

—¿De verdad tienes que discutir esto ahora?

—Sí.

—Ya no falta el dinero.

—Sí falta. Tú no eres socio.

—¿Así que ni siquiera tengo derecho a prestar dinero?

—Te mudas la semana que viene. En el formulario has dejado en blanco hasta dónde vas a vivir el mes que viene.

—El dinero no vive aquí.

—Las deudas sí.

Unos bajaron la cabeza y siguieron comiendo. Otros fingieron estudiar las propuestas. Los niños se habían colado otra vez debajo de la mesa. Esta vez notaron que algo no iba bien y se sentaron en silencio junto a los pies de su padre.

Zhou Wei miró a Lin Rui. Ella había hablado muy bajo. Él conocía ese volumen: no era una negociación.

Aun así, dijo:

—Podrías preguntárselo primero a los demás.

—Esta es la cuenta de una cooperativa, no un pozo de los deseos.

—Lin Rui.

—Devuélvelo.

La chica de finanzas apretaba el ratón y miraba de uno a otro. Zhou Wei terminó por sentarse.

—Devuélvelo —dijo.

Cuando la transferencia regresó y el saldo volvió a bajar, la sala soltó un suspiro muy práctico.

Lin Rui continuó con la reunión. No explicó quién era Zhou Wei ni prometió que arreglarían el asunto en privado. Volvió a leer las tres propuestas y anotó cada cantidad que sugerían. A las nueve y media, el marido del sexto recibió una llamada de su mujer y salió al pasillo para discutir. A las diez, la tía Yang exigió que volvieran a calcular la superficie del trastero del sótano. A las diez y veinte, alguien propuso sustituir la cocina comunitaria por una sala común con solo un fregadero y una mesa larga. Se ahorrarían la extracción de humos, el gas y la reforma contra incendios.

Al principio, la propuesta recibió insultos de todos los lados. Lin Rui pidió al responsable del diseño que mostrase los planos. El diseñador ya estaba en casa intentando dormir a su hijo y tuvo que conectarse por vídeo. Durante toda la llamada, la cola de un gato no dejó de pasarle por delante de la cara.

Zhou Wei no propuso nada más. Desde la última fila redibujó la distribución y calculó cuánto podía recuperarse con distintas superficies. Cada vez que Lin Rui decía una cifra, él la introducía en la calculadora. Cuando ella se volvía, ya tenía el resultado escrito en un papel y levantado en el aire. No se llamaron por su nombre ni una sola vez.

A las once y cinco, la diferencia había bajado a 32.000.

Alguien aceptó poner otros 1.000. Alguien, 500. Después de discutir por teléfono, el matrimonio del sexto elevó su aportación de 6.000 a 10.000. La tía Yang dijo que solo podía añadir 2.000. Diez minutos después, admitió que 3.000 tampoco eran completamente imposibles, pero todos debían reconocer que la cocina comunitaria había sido una mala idea desde el principio.

A las once y cuarenta, faltaban 8.000.

La pantalla del móvil de Zhou Wei se encendió. Desde la otra punta de la sala, Lin Rui vio el recordatorio: mañana, 9:00, firma.

Era un proyecto que había aceptado en otra ciudad y duraría siete meses. Zhou Wei decía siempre que siete meses no eran tanto tiempo. También decía que nada que durase más de tres meses debía pensarse con antelación. Ya tenía las maletas hechas y entregaría la habitación de arriba a fin de mes. No había presentado solicitud para entrar en la cooperativa. Lin Rui había revisado los formularios de todo el mundo, incluido el suyo, que solo estaba rellenado a medias.

A las once y cincuenta y dos, el padre de los gemelos del cuarto dijo que podía poner los últimos 8.000 si se los dividían en cuatro meses. El grupo de finanzas comprobó el flujo de caja. Era viable.

Por primera vez estalló una celebración de verdad. Los niños no sabían qué había ocurrido, pero gritaron con los demás. La tía Yang se puso en pie para anunciar que en la futura sala común estaría prohibido jugar a las cartas. Dos mesas protestaron de inmediato.

Lin Rui pidió que nadie se marchara. La propuesta modificada debía someterse de nuevo a votación.

Zhou Wei salió a la escalera.

Lin Rui estaba repartiendo las papeletas. A mitad del trabajo pidió a la chica de finanzas que continuara y salió con el vaso de leche de soja fría en la mano.

Zhou Wei estaba junto a la ventana. Fuera llovía. El pequeño supermercado de abajo recogía el toldo. Oyó acercarse a Lin Rui, pero no se volvió.

—Los 80.000 ya están devueltos —dijo ella.

—Lo he visto.

—Gracias.

—Si lo has devuelto, ¿qué agradeces?

—Que intentaras ayudar.

—Eres increíble. Puedes desmontarlo todo y convertirlo en una cuenta.

—Esta noche precisamente estamos haciendo cuentas.

Zhou Wei se volvió. Tenía ganas de discutir y, al mismo tiempo, discutir por un dinero ya devuelto le parecía estúpido. A Lin Rui se le había corrido un poco el rímel debajo de los ojos, quizá de frotárselos. Sacó un terrón de azúcar del bolsillo y se lo ofreció.

—¿Para qué es esto?

—Te duele la cabeza.

—No.

—Sí.

Él lo cogió, pero no se lo comió.

—Aceptas el dinero de todos los vecinos menos el mío.

—Ellos han firmado por cinco años.

—¿Y qué?

—Que sé dónde encontrarlos el año que viene.

Zhou Wei soltó una risa.

—¿No puedes decir directamente que quieres que me quede?

Lin Rui lo miró durante unos segundos.

—Lo he pensado —dijo.

Alguien la llamó desde la sala. Faltaba una papeleta. Lin Rui respondió hacia dentro que volvieran a contar. Dejó el vaso en el alféizar, se acercó a Zhou Wei y lo besó.

No era la primera vez ni duró más que las anteriores. Cuando Zhou Wei le puso una mano en la cintura, ella no se apartó. Él conocía la rapidez con que cerraba los ojos en momentos así. También sabía que, al terminar, Lin Rui retrocedía primero con el pie derecho. Después de separarse, mantuvo la frente apoyada bajo su barbilla.

—Lo has pensado. ¿Y luego? —preguntó él.

—Luego es cosa tuya.

—Puedo no ir a firmar.

—Puedes.

—¿No tienes ninguna opinión?

—Sí. Pero no ingreses dinero un momento y al siguiente digas que puedes renunciar al trabajo, como si bastara con que yo asintiera para que las consecuencias pasaran a ser mías.

Zhou Wei retiró la mano.

Lin Rui lo vio y no añadió nada. Recogió la leche de soja del alféizar y volvió a la sala para seguir contando votos.

A las doce y diecisiete, la propuesta modificada salió adelante con veintiséis votos a favor y tres en contra. El padre de los gemelos dibujó dos perros en el reverso de una papeleta anulada para sus hijos, que aún no sabían escribir. Lin Rui y el grupo de finanzas imprimieron los documentos definitivos y pidieron a un representante de cada vivienda que firmara. Los que terminaban se negaban a marcharse. Se quedaban alrededor del plano de la sala común, que todavía no existía, discutiendo si el fregadero debía ir a la izquierda o a la derecha.

Zhou Wei regresó para ayudar a grapar los documentos. Ya no se sentó en la última fila y no volvió a tocar la cuenta. Lin Rui le leía los números de página y él los comprobaba uno por uno. A la una de la madrugada, el expediente completo que exigía el banco estaba por fin dentro de una carpeta.

—¿A qué hora sale tu tren? —preguntó Lin Rui.

—A las siete y media.

Ella sacó el móvil y pidió un taxi para las seis y cuarenta.

—Sé pedirlo yo solo.

—Se te olvidará.

—¿Y tú me acompañas?

—El banco abre a las ocho.

Zhou Wei asintió. Desenvolvió el terrón de azúcar, se lo metió en la boca y frunció la cara por el dulzor.

A la una y veintitrés, Lin Rui firmó la autorización para pagar la señal. El grupo de finanzas estampó el sello. La solicitud de compra de las treinta y una viviendas entró oficialmente en vigor. La sala volvió a aplaudir, esta vez con menos fuerza. La causa principal era el cansancio.

Zhou Wei también dio dos palmadas.

Lin Rui no lo miró. Escuchaba a la tía Yang explicar que el fregadero tenía que ir a la izquierda porque la pared de la derecha cogía humedad. Cuando terminó, Lin Rui pidió al diseñador que volviera a calcularlo al día siguiente.